Inicio Contacto Quito, octuber 18, 2017
José Javier Sáenz Crespo: Recuperemos la sensatez

Recuperemos la sensatez


por José Javier Sáenz Crespo josesaenz77@gmail.com


El Ecuador de hoy sigue siendo igual al Ecuador de ayer, igual al de hace 20 meses e igual al Ecuador que dejé 4 años atrás. En los últimos 10 años el país ha caminado sin dirección, sin objetivos ni fines. Hemos transitado entre sucesos ruidosos carentes de toda radicalidad y profundidad, huérfanos de una sinergia propia que los impulse; vacíos de amor, de una energía vital que les de trascendencia, permanencia y un valor de arraigo en la sociedad.


Cómo si fuese un navío amotinado, sin capitán ni tripulación que ejerza su rol, la dirección de rumbo del país la ha marcado el viento, hacia estribor o babor, según sea que sople. Por eso todo intento de cambio en estos años ha sido circunstancial y casi accidental. Y aunque suene paradójico, entre tanto sobresalto y en medio de un motín generalizado, la pasividad e inercia social han sido la característica esencial del Ecuador de principios de este siglo.


Hace unos años escribí un ensayo cuyo título decía “Ecuatorianos, hijos de la insensatez”. Hoy mirando hacia atrás y haciendo un primer análisis sobre lo que ocurrido en la consulta popular, más allá de los resultados electorales, no puedo más que reafirmar esa tesis que caracteriza a nuestra forma de vida en común, a nuestra sociedad y modo de ser en comunidad como el de la insensatez, la de la continua negación de uno mismo, y del otro. ¿Y si no cómo entendemos la polarización a la que hemos llegado, soñando con un cambio sin que cambie nada?


Toda empresa seria que el ser humano se propone realizar debe tener implícita una exigencia de radicalidad para ser llevada a cabo. Radicalidad en el sentido de profundidad, de abnegación y de sacrificio. Una radicalidad que nos impulse a dejarlo todo y dejarnos todo por eso que anhelamos y que queremos alcanzar. Radicalidad que nos motive a poner nuestros esfuerzos en ese proyecto adecuando nuestras vidas y nuestros hábitos y luchar por verlo realizar. Radicalidad que nos oriente y nos ordene hacia el objetivo deseado. Me refiero a esa radicalidad que encontramos en cada uno de nuestro próceres, humanidades inmensas que dejaron todo por la patria, para darnos una Nación. Sucre, San Martín, Bolívar, O’Higgins, Belgrano; hombres radicales que soñaron una América libre, y dedicaron sus vidas a ello entregándolo todo.


¡Que proyecto más grande que ver nacer una gran nación libre y soberana en América! ¡Que corazones más radicales aquellos que murieron para ello!


Una sana y correcta radicalidad debe tener este doble origen. Debe nacer de la naturaleza misma del proyecto que queremos realizar, y debe ser fruto y exigencia del corazón. Sólo así seremos capaces de ordenarlo todo hacia ese proyecto, con la energía, los motivos y los objetivos claros. Esta doble naturaleza de una sana radicalidad, también es la única garantía de equilibrio y de prudencia. Cuando un proyecto político no nos “enamora”, difícilmente nos auto exigiremos poner los medios para llevarlo a cabo. Y es así cómo nuestro país, a falta de un verdadero proyecto de nación que nos involucre y nos enamore a todos, a sido forzado a vestirse trajes partidarios que no llegan al corazón de nadie. Modelos de un país que pertenecía sólo al que lo ideó y a nadie más. Triste historia compartida por nuestra América hispana.


Como cualquier amor forzado que se vuelve violento, así en ausencia de esta natural radicalidad que sólo el amor genera, la radicalización se vuelve el camino seguro para aquellos que, ante la falta de argumentos propios, necesitan obligar y forzar adhesión inventando conflictos y creando enemigos. Una vez fueron los de izquierda, hoy son los de derecha. Hace mucho que el Ecuador dejó de enamorarnos, hace mucho que el país dejó de importarnos. Hace mucho que la política dejó de servirnos.


Por eso digo que hemos sido insensatos, por eso digo que tanta “revolución ciudadana” no ha sido más que pompa y ruido. Por eso no soporto que en vez de próceres tengamos “forajidos”. Los brotes de patriotismo insensato cada dos años no forjan un país, lo dividen. No necesitamos hombres mesiánicos ni iluminados que nos salven. Necesitamos hombres y mujeres que se vuelvan a enamorar del Ecuador, y quieran dedicarle su vida a su gente y a su futuro. Por eso tanta “revolución” y tanto “forajido” suelto no han logrado nada. ¡Por eso entre tanto ruido no ha cambiado nada, la inercia nos ha invadido y no ha pasado nada!


Nos urge recuperar el sentido de nuestra vida nacional. Tenemos que volver a encontrar eso que nos hace ecuatorianos, eso que nos hace latino americanos y da sentido a nuestra vida en común. Para ello sólo hay un camino, sólo hay una solución. Para recuperar el amor, la radicalidad y la dirección de nuestra vida como nación, debemos primero recuperar para nosotros, para los ciudadanos a la política.


La política entendida como lo que verdaderamente es: visión, misión y ejecución. El arte capaz de organizar y ejercer el poder del Estado para gobernar y administrar nuestra vida en común hacía un proyecto de Nación. Lastimosamente en estos años de inercia y desapego de lo público, de lo que nos es común, no sólo perdimos tiempo, si no que también de a poco hemos ido perdiendo u olvidando las razones que nos ha dado la historia para ser el país que somos. Por eso para recuperar la política como esa gran herramienta transformadora, también tenemos que recuperar aquello de nuestra historia que nos ha traído hasta acá y definir todos juntos, desde la izquierda hasta la derecha, hacia donde queremos caminar.


Necesitamos recuperar nuestro proyecto de vida en común, nuestra razón de ser Ecuador. Pero eso sólo ocurrirá cuando decididamente y de corazón, estemos dispuestos a dejarlo todo para lograrlo, y eso sólo será posible si recuperamos la política, la hacemos nuestra y la vivimos, la ejercemos y nos animamos a poner lo que es de todos delante y no a un costado.


Recuperemos la sensatez. Devolvámonos lo que nos pertenece. Participemos y animémonos a devolverle al Ecuador lo que le hemos quitado con tanta apatía: el amor y el orgullo. Sólo así, enamorándonos de nuestra tierra ecuatoriana, de nuestra tierra sudamericana, de nuestros hermanos y nuestra patria podremos encontrar los motivos y las fuerzas necesarias para decidirnos a un mejor presente y un mejor futuro con radicalidad, jugando a fondo y dejándolo todo. Sólo así, bajo esta inspiración y motivada por esta energía, la política volverá a ser nuestra, volverá a dar poder a la gente y a sus representantes, podrá darnos orden y dirección y una razón para seguir queriendo ser ecuatorianos.


Buenos Aires, Octubre de 2008.